Sus principales clientes, por ahora, son arquitectos y diseñadores. No se conforman. Su intención es ir mucho más allá. “Dentro de nuestro plan ideal está que haya una impresora 3D en cada hogar”. Cada cartucho cuesta alrededor de 40 euros (50 dólares) y da para realizar una veintena de figuras de cinco centímetros de altura.
Las versiones pueden superar los 100.000 euros. La previsión es que el precio de este tipo de aparatos sea inferior a 500 dólares en pocos años. La diferencia con respecto a los competidores, al margen de la lucha por el precio, reside en la posibilidad de imprimir desde la nube. “El consumidor se olvida de comprar cartuchos o de tener una impresora en casa”, explica el directivo. "Le basta con entrar en la web y escoger del catálogo lo que necesite o desee. Parece magia: hacer un objeto, imprimirlo a 35.000 kilómetros de distancia y recibirlo en casa”.
El verdadero alarde, lo que les diferencia de los competidores, es su capacidad para reproducir piezas que ya salen ensambladas de la impresora. Como el caso de un cinturón, con eslabones y hebilla, que salen unidos a medida que se crean. “Si puedes diseñarlo, puedes imprimirlo”, concluye, “el límite es la imaginación".

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